Aprovechando un viaje de trabajo a Madrid para la organización del IX Congreso Español de Sociología de la
FES, me di un salto al cercano
Museo Nacional de Antropología a fin de visitar en persona a la momia guanche antes de que la trajesen para acá. El Museo está muy cerca de la estación de Atocha y su entrada está coronada por el délfico Nosce te ipsum o conócete a tí mismo, que tanto gustaba a Sócrates.
Como era la hora del almuerzo, el Museo estaba bastante vacío, casi completamente vacío diría, de no ser por los múltiples celadores o guardias que hay en cada piso custodiando las exposiciones. El Museo tiene la planta baja dedicada a una exposición sobre Filipinas, el primer piso dedicado a África y el segundo piso a América. La momia guanche no está en la planta de África, donde debería estar. Eso es lo primero que me llamó la atención. Está en una sala lateral de la planta baja, llamada Sala de Antropología Física, que alberga una miscelánea de objetos que dan una cabal idea de lo que eran los Gabinetes de ciencias de los siglos XVIII y XIX.
Entre otras curiosidades allí amalgamadas estaban unas esculturas en yeso de una pareja de hotentotes, unos esqueletos de orangután, una colección de diversos bustos de "razas" humanas -parecidos a las huchas del Domund del Instituto-, un armario lleno de objetos diversos y, al centro de la sala, el otro resto de ser humano allí presente: un curioso esqueleto del "gigante extremeño", que era un señor llamado Agustín Luego y Capilla, natural de Puebla de Alcocer, en Badajoz, Extremadura. El señor llegó a medir 2'35 metros y se ganaba la vida en un circo, hasta los 26 años en que murió, en 1875. Antes había llegado a un acuerdo para donar su esqueleto a la ciencia por 3 mil pesetas de la época. Además del esqueleto del gigante extremeño hay también un molde en yeso del mismo señor en uno de los laterales de la sala. La foto está oscura, pero se percibe el esqueleto del gigante y al fondo la urna de nuestra momia.
Siguiendo hacia el fondo, hay otra escayola de un africano y un óleo muy curioso representando del natural a un "negro pío", -muy significativo lo de "pío"- que es el que presenta manchas blancas en su piel, como le sucede al del cuadro. En la pared del fondo a la izquierda hay una colección de mascarillas mortuorias en yeso pintado, que son copia de una colección de un museo de Berlín, el Müseum für Volkunde.
La momia guanche se encuentra justo debajo de esa colección de máscaras funerarias, con un escueto cartel en la pared que nos cuenta que la momia pertenecía a las colecciones de la Real Biblioteca, de donde se envió al Gabinete de Historia Natural por orden de Carlos III el 3 de octubre de 1776, hará dentro de nada 230 años. Casi nada se dice sobre los guanches y sus costumbres. Como se aprecia en la foto, está muy bien conservada en su urna, pero carece de un entorno adecuado, lo que los mentados en el
post anterior llamaban un discurso museístico. Esto es lo que tenían que haber destacado en su reclamación de traslado y no el rollete de que es un ser humano que merece dignidad y respeto. Porque en eso tienen toda la razón: la momia está mal aprovechada, por más que algunos reclamos del Museo hablen del "misterio de la momia guanche".
La momia carece por completo del entorno que nos explique quién fue y qué hacía y forma parte del pupurrí de curiosidades que podía encontrarse en los gabinetes de ciencias dieciochescos. Allí está tranquilita en un rincón. Aquí será el centro de alguna exposición y dentro de un "discurso museístico" más centrado en los guanches y su cultura. Me parece bien que lo traigan para acá. Para sacarle mayor partido museístico.
Iremos a verla cuando esté aposentada en el
Museo de Tenerife a comprobar el grado de dignidad y respeto del que goza en su tierra natal. Aquí será objeto de mucha más atención. Desde ya propongo ver si ganará en visitantes a la
Siervita lagunera, cuyas colas son famosas.
Siguiendo una vieja costumbre materna, logré entrevistar a la momia, quien nos confesó sentirse ilusionado con la perspectiva de convertirse en estrella de museo. "Aquí estoy bien, pero un poco aburrido" nos confesó, "después de 230 años de servicio, me merezco una oportunidad". Lo que más le ilusiona es el avión, eso de volar en vez de atravesar el Atlántico en un velero del tres al cuarto. "No me asusta competir con la Siervita", nos dijo al ser preguntado al respecto, "estoy en perfecta forma física y soy más antiguo". "Pero estoy convencido de que cabemos los dos y que nos llevaremos estupendamente", añadió. Acabó con unas palabras de saludo a los lectores y lectoras de Ethica more cybernetica, antes de sumirse de nuevo en su silencio histórico.