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Carta abierta de Salvador Giner a Jordi Solé
SALVADOR Giner
SOCIÓLOGO
Para Annie, Albert, Teresa Eulàlia
Lloverán encima de ti, querido Jordi, los elogios por todo lo que te debe Catalunya, la democracia española, el reformismo de izquierdas, la transición política desde la dictadura hasta la monarquía parlamentaria, la decencia pública y cívica. Incluso algunos, menos numerosos, recordarán tu crucial labor como profesor universitario. Y muchos, tu aportación a la confección de una Constitución, la que fue posible, y a la construcción de una convivencia aceptable para todos. Habrá menos recuerdos por otros episodios, igual de importantes o más, de tu vida. Así, tu interpretación de lo que significó la revolución industrial y burguesa llevada a cabo por los catalanes no complació universalmente, y te lo hicieron saber. Tu interpretación de lo que significaba el comunismo, tampoco, y te echaron del partido al que con tanta lealtad y abnegación serviste. Tu itinerario hacia otro tipo de partido y, más adelante, hacia el socialismo democrático (¿existe algún otro?) tampoco fue entendido, y te honraron con el desdén algunos de los que hoy, precisamente, loan tus virtudes a diestro y siniestro.
Da igual, Jordi, compañero. Demasiado afligido para decirte ahora algo demasiado coherente, desearía poder transmitir a los ciudadanos que lean esta última de todas las cartas que te he escrito, la única que nunca tendrá tu respuesta, lo que ha sido para nuestra tierra catalana tener a un pensador político de tu sencillez e inteligencia, y un hombre público como tú. Tener a un hombre entregado racionalmente, pero en cuerpo y alma, a construir una sociedad decente, una verdadera cosa pública que significara de verdad cosa común.
Tu huella permanecerá en la construcción de esa cosa pública, imperfecta, insatisfactoria, que rige hoy el orden político y la convivencia en España. No dudes, ahora de que estás fuera de juego, que sería mucho más imperfecta aún e insatisfactoria si tú nunca hubieses estado entre nosotros. Dejas muchísimo trabajo por hacer, y trataremos de no decepcionarte al intentar completarlo. No deja de ser agradable que haya sido un joven menestral de Mollet, a veces sagaz, pero otras de inmensa buena fe y casi ingenuo, un panadero deseoso de tener una carrera, quien haya hecho uno de los mejores servicios al país como nadie ha hecho durante el último medio siglo. (No es ninguna leyenda aderezada, yo mismo te he llevado las notas de clase a tu panadería, donde me recibías cubierto de harina y con una sonrisa de oreja a oreja.)
Tu huella ministerial y política recibirá los rituales elogios y la necesaria admiración pública. Estos ocultarán los costes morales que tuviste que pagar con tus exilios, excomuniones y declaraciones de herejía. Ocultarán el coste de haber sido un amigo leal, en momentos de soledad de quien esto, hoy huérfano de ti, te escribe. Y también de otros que se encontraron igualmente solos, pero nunca sin tu firme lealtad. Jordi, compañero, debo confesarte que, fiel a lo que querías, hoy el rumor que haya en torno tuyo no me llega a los oídos. Solo deseo recordarte caminando juntos por la Segarra, explorando las fuentes y el boscaje de Gualba, al pie del Montseny, donde veraneábamos los dos, o quizá preparando un seminario de filosofía política al día siguiente de que tú y yo hubiésemos recibido la licencia universitaria: no teníamos la más mínima idea, pero con voz temblorosa, dimos algún curso, repentinamente transformados en profesores. Un trabajo en el que tú has sobresalido toda tu vida.
Estoy seguro, absolutamente seguro, de que la buena gente que lea esta carta sabrá perdonarme que la concluya pensando en las horas vividas juntos, como dos amigos cualesquiera, envueltos siempre por tu sonrisa y tu incurable optimismo antropológico y, en algunos momentos, incluso histórico. Ahora que no estás, para unos pocos, esto, este recuerdo vivo, es lo que nos quedará. Y tu ejemplo. Para los ciudadanos quedará un mundo, con todas sus estrecheces y miserias, mucho más digno que el que tú encontraste, y que decidiste ayudar a mejorar. Con humildad, Jordi. Con eficacia. Lo has conseguido un poco. No está nada mal.
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¡ Qué sentido el panegírico del humilde panadero que consiguió… “progresar” ! Toda una metáfora del sistema ! Sólo le falta la banda sonora . Aunque mucho me temo que este Padre de la Patria que ahora inaugura nicho tenga que habérselas con esos otros padres que llevan décadas revolviéndose en sus tumbas después de ver cómo sus hijos pactaban la reforma ordenada con aquellos que les habían dado el paseíllo y les dejaban tirados en la cuneta.
Eso no quita para que ciertos gremios como el académico o el político (las más de las veces confundidos en uno solo) se sientan especialmente cómodos y calentitos dentro del nuevo régimen por la posición social que éste generosamente les ha brindado a cambio de hacer la vista gorda. Aunque siempre hay algún neci@ que no deja de lamentarse por este “capitalismo de mierda”. ¿Y para qué corría delante de los “grises” sino para el advenimiento igualmente “ordenado” de este Capitalismo del que ahora se lamenta? ¿Acaso no sabía entonces o no sabe ahora que la Democracia y Mercado son las dos caras de la misma moneda, y que la una no se da sin el otro? Demasiado tarde para caerse ahora del guindo. Pues nada, que todos estos probos hombres de la Patria y sus plañideras se hagan más pronto que tarde merecedores de la gloria y el honor que brinda la eternidad; el que les otorga el prosaico mundo del devenir histórico es más bien dudoso.
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Recomiendo que se vea el documental que le dedicó su hijo Albert, a tenor de sus últimos años de Alzheimer, y que le supuso un Goya. Jordi Solé además de su obra y su legado, nos deja a su hijo, un gran tipo, de eso doy yo fe. Mi pésame otra vez para Albert y su familia. |
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PD. El documental se llama, Bucarest, le memoria perdida. |
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