¡Se hunde la bolsa! ¡Pánico bursátil! ¡Crack del 29! ¡Terremoto financiero!
Llevamos unos días, pero especialmente ayer 29 de septiembre, oyendo hablar de un improbable fin del capitalismo y la necesidad de que el dinero público vaya al rescate de los beneficios privados. Nos dicen que caen los dogmas del capitalismo, dado que se pide a gritos, en la economía más fuerte del planeta, la intervención estatal, que viene a ser algo así como si el Papa de Roma le pide al demonio que intervenga en las cuestiones de moral de la entrepierna.
Dudo de que los Estados Unidos sean la principal economía del mundo, estando China tan boyante y teniendo unos ritmos de crecimiento tan altos. Lo que sí creo es que los EE.UU. llevan ya bastantes años jugando a lo que
Stiglitz llamó
capitalismo de amiguetes, esa melé de negocios, política y corrupción que caracteriza el funcionamientos de los gobiernos de todo el mundo desde, como mínimo, la última década.
Los todólogos mediáticos nos recuerdan la Gran Depresión. Lo más preocupante de estas semblanzas es que la Gran Depresión se "arregló" con la Segunda Guerra Mundial y sus millones de muertos. Los economistas, cual arúspices, buscan leer el futuro en las entrañas del monstruo del paro y la pobreza que todos vemos que se avecinan sobre los débiles.
Nadie pedirá responsabilidades a los gobiernos corruptos y a sus amigos capitalistas. Ni a los banqueros irresponsables. Ni a los especuladores de las bolsas. Las crisis (mecanismos internos de ajustes del capitalismo según ciertas doctrinas) se teorizan por periodistas y catedráticos como si se trataran de cataclismos de la naturaleza: suceden, no tienen responsables y los desprotegidos pagan el pato. Pero no son fenómenos naturales. No son volcanes ni maremotos. Son resultados del funcionamiento de una organización desigual de la producción y la distribución, de la codicia institucionalizada y del robo legalmente sancionado e ideológicamente santificado.